El arte de jugar con la vida sin traicionarse
Cuando la música deja de ser una carrera y se convierte en un camino de identidad
Hay artistas que construyen canciones. Otros construyen carreras. Pero hay algunos, muy pocos, que terminan construyéndose a sí mismos a través de su arte.
Ese podría ser uno de los primeros pensamientos al escuchar a Federico Galvis, conocido artísticamente como Maréh. Un artista colombiano que, más allá de los escenarios, los álbumes y el reconocimiento, ha convertido su música en una conversación profunda con su propia identidad, con sus raíces y con esa búsqueda constante de sentido que acompaña a quienes entienden que crear no es una estrategia … sino una forma de vivir.
En esta conversación de Momentos con Alma, Federico no habló solamente de música. Habló de libertad, de coherencia, de cansancio con sentido, de juego, de memoria y de esa necesidad profundamente humana de volver una y otra vez a aquello que nos hizo quienes somos.
Después de tres discos, el verdadero reto no era crear más… era volver a jugar
Después de construir una trilogía musical que conecta trabajos como Amuleto, Tierra Promesa y Cuerpo, Federico llegó a un punto que muchos artistas anhelan, pero que pocos saben cómo habitar: la plenitud después de terminar una etapa creativa.
No era agotamiento vacío.
Era un cansancio bonito.
Ese tipo de cansancio que aparece cuando sentís que hiciste las cosas con coherencia, sin traicionarte, sin pasar por encima de nadie y sin perder tu esencia en el camino.
Y justamente ahí apareció una nueva pregunta.
¿Qué sigue ahora?
La respuesta no vino desde el mercado, desde la industria musical o desde una estrategia comercial. La respuesta vino desde un lugar mucho más íntimo. Volver a jugar.
El juego como acto creativo y como filosofía de vida
Para Federico, el juego dejó de ser una simple palabra. Hoy se ha convertido en una idea profundamente transformadora.
En medio de la conversación, compartió algo que define muy bien su nueva etapa artística: el juego no tiene fin. No existe un momento donde ganás definitivamente. No hay una meta final. No hay una última versión de vos. El juego es la vida misma.
Y cuando entendés eso, también entendés que crear no puede seguir estando atado únicamente a la exigencia, a la perfección o a la necesidad de demostrar algo.
Crear también puede ser bailar.
Puede ser reírse.
Puede ser improvisar.
Puede ser equivocarse.
Puede ser volver a la recocha, a la espontaneidad, a esa libertad con la que muchos empezamos a soñar antes de que el mundo nos enseñara a tomarnos todo demasiado en serio.
Volver a las raíces también es sanar
Uno de los momentos más poderosos de la conversación apareció cuando Federico habló de sus raíces musicales. Durante años exploró sonidos, construyó una identidad sonora propia y se permitió experimentar con nuevas influencias. Música brasileña, ritmos afrocaribeños, salsa, chachachá y nuevas texturas empezaron a aparecer en sus procesos creativos.
Pero, al mismo tiempo, también entendió que todavía había una deuda emocional con su propio origen. Una deuda con los tambores, con la música tradicional. Con esos maestros y maestras que marcaron profundamente su historia. Con artistas como Hugo Candelario González, referentes del Pacífico colombiano y de la música de raíz que hoy siguen inspirando nuevas generaciones. Y fue ahí donde entendió algo poderoso. Volver a las raíces no siempre significa nostalgia. A veces significa sanación.
El arte tiene dos dimensiones: la humana y la divina
En medio del episodio apareció una reflexión profundamente poderosa sobre el acto creativo. Federico habló de algo que muchos artistas sienten, pero pocas veces logran poner en palabras: las ideas no siempre nacen de uno.
Muchas veces las ideas llegan.
Aparecen.
Encuentran un canal.
Y vos simplemente te convertís en el lugar donde esa idea decide manifestarse. Esa visión conecta profundamente con autores como Rick Rubin, quien también ha hablado del proceso creativo como una conexión con una fuente infinita de posibilidades.
Para Federico, ahí aparece una dualidad fascinante. Por un lado está la dimensión humana del arte: la disciplina, la forma, la intención, la narrativa y la decisión. Pero por otro lado existe algo mucho más grande. Una dimensión espiritual. Una energía que supera la lógica y que, cuando encuentra apertura, empieza a manifestarse a través del artista.
La música también es memoria, territorio y comunidad
Hablar con Federico también es hablar de Colombia.
De sus barrios.
De sus montañas.
De sus amigos.
De la infancia trepándose árboles, montando caballo, tocando tambor y creciendo entre contrastes sociales, culturales y territoriales que terminaron marcando profundamente su sensibilidad artística. Esa mezcla entre lo urbano y lo rural, entre la ciudad y el monte, entre el Caribe y el Pacífico, entre lo popular y lo profundamente poético, hoy sigue apareciendo en cada una de sus canciones.
Porque al final, la música de Federico no solamente habla de él. Habla de una memoria colectiva. Habla de un país. Habla de una generación que sigue buscando identidad sin perder la raíz.
Federico Galvis y la coherencia de crear sin traicionarse
Quizás una de las frases que mejor resume este episodio es cuando Federico habló de ese “buen cansancio”. Ese cansancio que llega cuando sentís que construiste algo sin dañarte y sin dañar a otros. Cuando sabés que llegaste hasta el final de una etapa sin perderte en el camino. Y en una industria donde muchas veces la presión externa puede terminar alejándote de tu esencia, esa coherencia termina siendo mucho más valiosa que cualquier número.
Federico Galvis, o Maréh, hoy representa exactamente eso. Un artista que sigue creciendo, explorando y creando, pero que entendió que el verdadero éxito no está en llegar más lejos. Está en seguir creando sin dejar de ser quien realmente sos.
